Vistas de página en total

11/2/11

Objetos en desuso, profesiones olvidadas.








Ser el primer y único destinatario de un teléfono, de un par de zapatillas, parece algo muy común en nuestros días. Es la cultura del “necesito y compro”.Luego de consumirlo (o gastarlo con el uso) se tira. En el mejor de los casos, por ahí, se puede dar a un hermano menor  o  canjearlo o revenderlo para comprar otro. Definitivamente, es el tiempo de descartar lo que ya no nos sirve.
Y no es porque no nos cueste comprarlo, o porque las cosas valgan poco. Es como se vive ahora.
La otra costumbre, la de usar y reusar los objetos para estirar su vida útil es cosa del pasado, pero de un pasado muy cercano: la historia de  cuando nuestros abuelos eran jóvenes.
Veamos algunas:
Lapiceras estilográficas: tenían un tanquecito de goma que al apretarlo generaba  vacío y al soltarlo se cargaba de tinta. ¿Con qué escribía? Con una pluma de acero. Si la tinta estaba seca, se sacudía como el termómetro… y el piso, guardapolvo y carpetas se llenaba de puntitos azules.
La caja de jeringas y agujas  que se utilizaban antes de las descartables, venían en una caja de acero que se hacía hervir en la hornalla de la cocina para esterilizarlas. Siempre, con los dedos ya habituados, se apartaba rápidamente cuando comenzaba a bullir el agua.
Botellas de ginebra de barro o cerámica. Sumamente apreciadas por toda la familia. Se utilizaban para calentar los pies. (Con agua caliente y un buen corcho, por supuesto)
El sol de noche, quinqué o farol a querosén. Unos a mecha sumergida en combustible con tulipa de vidrio, otros con camisa de red, y el tanquecito de querosén  al que se le daba presión.
 El esténcil. Una bandeja  con tinta pegajosa, una hoja  escrita a máquina (sin la cinta para que  perforara cada tipo el papel)  y un rodillo. Con éste, impregnado se pasaban y repasaban las hojas  para sacar copias. Gastado el original, se volvía a escribir. Las manos de las porteras, los alumnos de  último grado, los  auxiliares de oficina y  de otros usuarios debían lavarse con un jabón azul, duro y resistente para sacar las manchas.
El destejer  viejos pulóveres mirando las novelas de la tarde. “El amor tiene cara de mujer”, “Rosa de lejos”, “Cuatro hombres para Eva”. No sea que los hombres le dijeran a las señoras que estaban perdiendo el tiempo mirando novelas. (El tejido, buena excusa para el tiempo libre. El resultado; horribles prendas que combinaban los colores más insólitos y las lanas más raras)
A veces, por supuesto. En otros casos, verdaderas artesanías.
Las Balanzas.
Las había con pesas de todos tamaños. Se llamaban de pesos iguales. De un lado la compra, del otro  el pesaje.
La de aguja o fiel, marcaba  hasta dos o tres kilos. A partir de ahí se le agregaban al costado las pesitas, pero de colgar.
El diariero. Era la persona que llegaba a domicilio con el nuevo número del Billiken, Radiolandia, El Gráfico   o Life en español.
El Sr. López, en bicicleta, el Sr. Mozotegui  en una jardinera, El Sr. Dàmico en un triciclo de tres ruedas con lona para cuidar su mercadería, y Don Castellani en su bicicleta.
Estos dos vecinos de Cañuelas también vendían en los trenes, ya que eran ferroviarios. Uno, en los trenes de larga distancia, con su gorra gris de guarda y el otro, en los trenes a Ezeiza. No importaba la inclemencia del tiempo, siempre estaban con su amabilidad  llegando a cada cliente. Sin televisión y sin noticieros, la lectura del diario matutino era un lujo y una necesidad en cada oficina y en  algunos domicilios.
El heladero de las siestas. Si, ése que gritaba heladeroooo justo cuando el sueño nos vencía. El primero fue el Sr. Angelini con un petiso y un carrito de madera con dibujos fileteados. Llevaba cajones con hielo para mantener los helados.
Después, otro vendía con una conservadora  y otro (más moderno) había adosado una heladera con ruedas a su bici.
Otro que quedó en el olvido: el reparador de sillas de mimbre y de paja. Esas petisitas llamadas materas, las mecedoras  y las de cocina. Apenas quedan algunos artesanos que realizan esas tareas. Antes era el Sr. Zomba y  el Sr. Agüero.
Ya hemos nombrado en otras publicaciones los lecheros, los panaderos, los repartidores de mercaderías de los grandes almacenes (El Indio Rubio, Casa Martínez, Casa Mendigochea, Causit, La Cooperativa, Casa Fantino, entre otras)
El querosenero. Con su carrito, sus tanques  con canilla o con la bombita de vacío que tosía  el combustible  a nuestros bidones o damajuanas. Algunos con sus carritos tirados a caballo, otro con el tanquecito azul de YPF que estuvo mucho tiempo olvidado en el campo de Cimadevilla. Quienes nos proveían de tan preciado elemento: Señores Abba, Bustos, Palé, entre otros.
El señor que cosía las pelotas de cuero: el vecino Garello en la calle  San Vicente. En casa Remo. El Sr. Giannitti que le sacaba la cámara y con una paciencia infinita la daba vuelta y la cosía por dentro, muy despacio. Hasta hace poco, esa tarea la hacía el Sr. Domínguez.
Las lavanderas y planchadoras. Con batea, tabla de madera, cepillo. El pancito de azul para la ropa blanca, el almidón Colman. El  pan de jabón Federal y  Guereño. Los primeros jabones en polvo fueron el Azul, y el Rinso en  cajas de cartón. Las planchas: de carbón  y de nafta, con el tanquecito adosado.
Quienes  planchaban los delantales con infinitas tablitas  (casi un plisado) los manteles  de hilo bordados, las sábanas blancas con  apliques y bordados, y los impecables pantalones de hombre (¡con una sola raya! decían las abuelas) eran las familias Lencina  y Ainciondo.
Las señoras que levantaban los puntos de medias. Antes de las  medias microtul de Britalco se usaban otras muy delicadas y caras, con costura detrás. Cuando se “corría un punto”  había que llevárselas a las Señoras Lala, Margarita, Sras. Pullol, Sras. Luciague y Lugea.
Los afiladores: los que recordamos son el Sr. Pepe en la calle San Martín y el Sr. Beto Etcheverry en la calle Libertad al 50
Ahí se afilaban tijeras, guadañas, podadoras, escardillo, cuchillos, cuchillas de faena…
Con una gran piedra redonda, con pie de madera, polea   y pedal. De tanto en tanto tocar con la yema  el dedo el filo, para comprobar si el trabajo iba parejo, el recipiente con agua para enfriar el metal al salir de la piedra y un poquito de grasa para pasarle al final del trabajo. La recomendación: nunca lavar los utensillos con agua caliente.
Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani

Muchas gracias a la Confitería de la Terminal de Olavarría  (del Sr. Horacio Clavero) que  tiene en su  ámbito una hermosísima colección de objetos digna de visitar, y  que nos han facilitado las fotografías que acompañan a esta nota. Muchas gracias a: Daniela, Silvina, Sandra, Yanina y Mónica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario