En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda
Las jugueterías han sido y son el objeto de deseo más codiciado de los chicos. Y también el lugar adonde los padres temen llevarlos porque los pequeños piden y piden y piden. Y duele no comprarles lo que desean.
Vamos a recordar en este artículo, las jugueterías que han acompañado el crecimiento de por lo menos, dos generaciones.
Casa Gervasoni, estuvo atendida por las tres hermanas, en Avenida Libertad, casi esquina Vélez Sarsfield, y después por María Elena. Su fachada sigue siendo la misma, persianas al frente y dos mármoles blancos tallados con las palabras “librería“ y “juguetería”.
Allí se podía adquirir los billetes de lotería (de muy pequeño tamaño) y pesos fuertes. Tabaco en lata o paquetes, cigarros de hoja y habanos de muy buena calidad. Si se deseaba cortarlos por la mitad, había un aparatito plateado (como para sacar punta al lápiz) que los dividía.
La juguetería era muy completa. Desde aquel jueguito de limpieza (escoba, cepillo y secador) revólver de lata a cebita de papel, pelota de goma, balero, yo yo, los mil ladrillos de goma, después de plástico, juegos de mente y ciencia, muñecas Rayito de Sol. Rompecabezas, y papel de todos los colores para barriletes. De allí salían completos con el piolín choricero para fabricar las cometas, cajón o estrella con las largas colas de trapito que regalaban las abuelas.
Para la fecha de los Reyes Magos, la vereda era una fiesta. Don Melenique ofreciendo billetes, los juguetes engalanando la calle.
Adentro, unas vitrinas o exhibidores de vidrio y madera con cerraduras y candaditos donde se exponían concursos navideños, fotos, dibujos, utensillos de otras épocas, recuerdos, en fin, un paseo obligado para observar esa exposición.
Casa Carriola. Un poquito apenas más moderna estaba ubicada en la calle Rivadavia, con piso de pinotea y un pequeño mostrador. Allí la inefable Nelly y su mamá, atendían con sus impecables mantillones de lana en invierno, su sonrisa detrás de los redondos lentes de carey y sus cabellos plateados, recogidos en rodete.
Fue el primer lugar donde se vendieron juguetes didácticos y libros de cuentos. Había también increíbles muñecas (entre ellas la famosísima Linda Miranda), juegos de té, de mesa, baterías de cocina, Rastri, Mil ladrillos y el Mecano. También el antiguo “surubí” que era una montañita en caracol por la cual había que subir una pequeña bolita de acero a pulso y habilidad. Una empleada que comenzó muy jovencita a trabajar allí, con modales muy dulces era la señorita Cristina.
Casa Della Corte. En la calle Del Carmen, casi esquina Rivadavia. Un lugar sumamente amplio, con un sótano al que se bajaba por una escalera de hierro. Un lugar donde parecía que vivían las muñecas. De todo tamaño, desde la Marilú hasta la Rayito de Sol, pasando por las de cabeza de yeso y cuerpo relleno de semillas o aserrín, las “patas largas” o los bebotes. Cunitas, cochecitos, lanchas, peluches, juegos de mesa, baterías de cocina e infinidad de juguetes para todas las edades.
Compartía el lugar un sector de finas telas para cortina o mantelería. Galones, canutillos y lentejuelas, accesorios y una colección de bicicletas de primeras marcas.
Casa Remo. Era una bicicletería que estaba en la calle Libertad 974. Además de bicicletas de todo rodado exhibía unos fantásticos carritos tirados por caballitos forrados de piel marrón, triciclos de tres ruedas angostas con goma y rayos, con grandes timbres. Las sillitas de a dos que se balanceaban y los maravillosos karting de chapa. Además en ese local una vieja bici se transformaba en una nueva con algún toque de pintura, pedales nuevos, cintas para el manubrio, porta manubrios negros, luces “ojos de gato” o la luz conectada al piñón, y las redonditas bolillas huecas que daban vueltas en los rayos, para limpiarlos de barro.
Hubo muchos otros lugares comerciales donde se vendían juguetes y rodados, Casa Campitos, Mueblería de la familia Carrizo, bicicletería de Cartasegna, bicicletería de Carlitos Domínguez, el negocio de la familia Pauloski en Libertad y Florida, que además tenían mueblería y mimbrería. Desde allí partía el Sr. Calismonti con un carro lleno de cestos y silloncitos de mimbre con asiento de corcho para los más chicos.
Y muchos otros.
Las muñecas en general eran costosas. Y al igual que las de plástico, lo primero que se rompía era el mecanismo de los ojos. ¡Cuánta muñeca ciega daba vueltas y vueltas por la casa! Por eso después aparecieron las de ojos electrizadamente azules, fijos, pintados y siempre abiertos.
Don Juan Floriani, que era mecánico dental, con los delicados instrumentos las reparaba y dejaba otra vez los hermosos ojos en movimiento.
Figuritas con brillantina gruesa: hadas y princesas. Se escondían en un libro en distintas hojas y se apostaba por otra. Si al abrir en la hoja estaba de cara, se ganaba la figurita. Si era ceca, ganaba la dueña del libro. Grandes discusiones si se apostaba una grande y se ganaba una pequeña.
Figuritas redondas: tapadita, espejito y puchero (revolearlas contra la pared)
Bolitas: hoyo, la lecherita, acerito, minguito, japonesas, bolón. ¿Las más antiguas? De masilla.
Trompo: de madera barnizada, piolín y habilidad. El último en caer ganaba.
La payana: barato y divertido. El balero, de madera. Honda o gomera. Tiki taka. Diábolo. El elástico. La moda del yo yo con los concursos de Coca Cola. Los primeros de madera, después plástico, con luces, musicales.
Los disfraces: el zorro con cualquier espada, antifaz y capa. El policía, con revólver a cebita o escopeta de madera (casera o con corchito)
El convoy: sombrero, palo para el caballo y muchos gritos y revolcadas por el pasto.
Las nenas: a la visita, con té y galletitas. A la mamá con polleras prestadas y muñecos arropados. Y a las princesas, con toda la bijuteri prestada de las abuelas, (que a veces eran perlas de verdad), un solo aro (pero tal vez de plata) o anillos sin brillante. Infaltable: zapatos con tacones.
Instrumentos musicales. Los pequeños Luthiers
Castañuelas: las maestras se las veían difícil para enseñar a usarlas. Maracas: mate calabaza con semillas y palo de escoba para manguito. Triángulo casero y pandereta de alambre con tapitas de cerveza. Y el nunca bien ponderado TOC TOC
Por el año 1940 en nuestro país se fabricaba la muñeca más codiciada de la niñez. Se llamaba Marilú. En Capital se podía comprar ropa para niñas y se les regalaba a las madres un molde cortado con la misma tela para que le hiciera un vestido igual a la muñeca. Tenían pelo artificial o natural. Hoy es una pieza de colección en todo el mundo
También había muñecas de altísimo valor importadas de Alemania, Francia e Inglaterra. Tenían cara de porcelana y llevaban la marca del fabricante en la nuca.
Anita Pfannkuche
Maria Emilia Floriani




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