Hace muchos años, la plaza Belgrano era un monte de casuarinas. Allí jugaron, inventando luchas de bandidos contra justicieros los niños del barrio.
Los entrenamientos de futbol de los jugadores del Club Belgrano se practicaban entre sus troncos rugosos.
En el centro había un monolito (de Obras Sanitarias) donde los más pequeños vagos calaban zapallos y los iluminaban con velas. (Nada se sabía de Hallowen, pero ellos se divertían asustando a los desprevenidos y circunstanciales ciudadanos que circulaban cruzando la plaza y se encontraban “de golpe” con la máscara)
No había alumbrado. En las calles y solamente en las esquinas, se balanceaban los platos de chapa que hacían de lámparas, con lucecitas mortecinas y amarillas.
Después del alambrado había una pequeña vereda de tierra que terminaba en un cordón de ladrillos de canto. Por allí jugaban en bicicleta los más chicos. Esta veredita se encontraba elevada sobre la calle de tierra o barro, según las circunstancias.
LOS VECINOS
Familia Pelorosso con Doña Crispina y sus hijos Domingo, Raúl, Horacio, Roberto y Héctor, sobre Mozotegui y Brandsen. En un principio allí se instaló el Club Belgrano que después se trasladó a Lara casi Acuña (casa Fantino) y se creó el Almacén El Indio Rubio, de rubros generales que abastecía a gran cantidad de vecinos, en un camionetita y con un triciclo que tenía un gran canasto.
Familia de María Genaro y sus hijos, Pedro y Ada.
Familia Martínez, La mamá era modista, la Sra. Lucha y sus hijos, Nibo y Mimí, y al lado, la tía que cosía también, Delia Betelu.
María Varela y su esposo, Del Rio.
En la otra calle, Roquelina Tula y Elsa. Al final de la cuadra, La Sra. Blanca Duró, primera fotógrafa mujer de Cañuelas.
Ya dando la vuelta, sobre la calle Florida, la familia Marchioni. El solar del turco Ale con un portón verde sobre el que caía una enorme planta de tuna y la familia Arrieta.
Sobre Brandsen, los vecinos que vivían por allí, eran: la familia Báez, y la familia López. Ésta, compuesta por Doña Sara, Don Cotto y sus hijos: Chichilo, Aldo, Negra, Roberto, Marta, “La Chiche ”, Matilde, Nélida, Oscar, Juan e Ismael.
LAS TRAVESURAS
La calle Lara era el paso obligado de los trabajadores de las quintas de verduras que asistían al Cine Cañuelas los sábados por la noche. Como iban en bicicleta, de regreso a su casa, alrededor de las doce de la noche corrían carreras hasta la salida del pueblo.
Algunos niños colocaban alambre desde las casuarinas hasta la vereda de enfrente dando abruptamente por terminadas dichas carreras. (Con traumatismos varios y encomendando a las madres de los niños al peor lugar).
El predio se encontraba cercado por un alambre olímpico y cuatro tranqueras en las esquinas. Este alambre fue donado a una sociedad de fomento en el momento que se determinó sacar las plantas definitivamente.
Otras de las historias que nos cuentan los mayores de esa época era la leyenda donde aparecía “el chancho”.
En medio de la oscuridad, ante cualquier señora o señorita que se animara a cruzar, un ruido de cadenas se acercaba a gran velocidad y si podía, un señor muy avivado intentaba abrazarlas o robarles un beso.
Los circos que se asentaban entre las calles Libertad, Mozotegui, Rivadavia y A. Argentina hacían las presentaciones de los artistas que caminaban en la cuerda floja con un cable entre las altísimas plantas.
LAS MOTOSIERRAS
Las casuarinas fueron cortadas por motosierras que lastimaron los oídos de los vecinos durante una semana.
Durante casi tres meses, una cuadrilla de obreros hurgó en las enormes raíces dejando al descubierto cadáveres de madera señalando al cielo.
La humedad de las casas vecinas se fue yendo, despacio. Los pájaros se quedaron sin nidos.
El silbido del viento que giraba entre los árboles estremeciendo las noches de tormenta cesó su aullido.
El silencio fue total.
De a poco, la tierra socavada, herida, desmalezada, se fue aplanando, se llenó de sol, se transformó en plaza.
EL RENACER
Sin embargo, la naturaleza testaruda, tenaz, caprichosa, sembró pequeñas piñas en cada manzana que rodea al terreno domesticado. Casuarinas erguidas, salvajes, se yerguen al cielo ofreciendo al viento sus ramas, ocultas en los fondos de los terrenos.
Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani
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