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9/2/11

Copa y Chego luego FRISA

Si antes las chicas, mujeres y mujercitas hacían su modesto aporte a la economía familiar cosiendo para afuera sin inquietar demasiado a nadie, la salida de todas ellas del hogar, de la mano del crecimiento fabril de fines del siglo XIX, auguraba males horrorosos. Se alejaban del calor doméstico que operaba de fuente de virtudes, se insertaban en el mundo fabril, andarían solas por las calles, quizás hasta se sindicalizaran, y –lo peor de todo– muy probablemente dejarían de lado sus funciones de amor y cuidados para con sus maridos y vástagos. En poco tiempo, las chicas que trabajaban en fábricas se convirtieron en tema de Estado, entendidas como uno de los tantos peligros (eran muchos, recuérdese la inmigración, el anarquismo, la identidad nacional ...) de la cuestión social.
Fuente: Diario Página 12 - Las/12Viernes, 02 de Junio de 2006
Este artículo habla de las mujeres que ingresaban a las fábricas a fines del siglo XIX y principios de sigo XX. Sin embargo, aún hoy  que existe una gran mayoría de mujeres que mantiene su hogar(o colaboran enormemente) todavía suelen ser discriminadas en sus sueldos, en no lograr puestos claves de trabajo, en tener que trabajar el doble para equiparar al hombre y ser reconocida.
Sin ánimo de entrar polémica con nadie, recuerdo que estos temas eran tan conversados en la fábrica con la misma frecuencia con que se hablaba de los hijos, maridos, novios y (con un poco de humor) cornamentas usadas por otros.
Copa y Chego (después Frisa) una vieja casona en la esquina de Basavilbaso y Lara. Allí, muchas mujeres dejaban el calor de sus camas, para cumplir con el horario de las seis de la mañana, cada día de  cada año, para llevar el sustento a su casa.
La memoria se abre a través de diferentes canales: el olor, el sonido, el color….
Al ingresar a la planta (una puertita de hierro, al lado de un portón cerrado) el olor de las telas ombú mezclado con el rumor de las máquinas que se iban encendiendo poco a poco, presagiaba el resto de las ocho horas de la jornada.
Los colores: verde oliva, azul, beige,  el nuevísimo denim. Las manos sobre las máquinas, cambiando los  hilos, pegando broches o botones, los pies acelerando los pedales, la pelusa volando por todos lados y las voces elevándose para ser escuchadas. No había celular, los secretos mensajitos eran papelitos arrugados….
A veces, los problemas que había en la casa generaban mal humor, dolor de cabeza, cansancio por una noche en vela por un hijo con fiebre. Se recurría a un simple analgésico, que a veces se tomaba regularmente, para  no dormirse con la monotonía del trabajo.
Las máquinas aturdían. Pichi Ponce, Cora Banegas, Chuchi Delgado, Violeta, Marta Arcajo, Ana Nasano, Marta y Lidia Martínez, Chola Murillo, Remigia Mazzola, las cuatro Noemí: Farías, Campos, Banegas, Perucetti… Beatriz Páez, Sonia Trejo, Nievas, Irigoyen, Lidia Carabajal, Judith, Elsita, Inés y María Angélica, Lidia, Chichita Echeverri, Nélida y Chichi López…. Y tantos nombres que se nos van a escapar al momento de esta nota. Tanta gente que trabajó  en la fábrica….
Rosa Lorea juntaba pelusa, chismes y simpatía por todo el taller. Era la única persona que podía estar en todos lados. Las demás, cada una a su máquina, al sector doblado, limpieza, corte. Marta Beráscola, Señora  Canedo, Sarita Medina, Dora Albornoz, Nilda Casimiri, Marta Soria, Lidia Grunewald, eran las encargadas.
Las tijeras de corte, grandes, afiladas, seguras en la experiencia de don Hildo Pérez. Sus compañeros de trabajo Naldo Vergara, Frichy, Felipe, Carlitos, Mario, Carmen Emanuelli, Pelusa y Mary Viceconti. Ellos  tenían en sus manos las tareas de dibujar en las telas los recortes que luego serían camisas o pantalones que acompañarían al obrero durante largo tiempo.
Las otras, pequeñas tijeras veloces, cortitas (algunas con la punta curva) prolijaban los hilos que escapaban de las costuras, perdiéndose en las manos rápidas de Elsa Tula, Zulma Abdo, Negrita Noriega, Elida Diez.
Los grandes atados de prendas terminadas  se amontonaban frente al portón esperando la llegada del camión. El gran debate en las sumas de las pilas. Que sobra según planilla, que falta según camión. Graciela Martínez con sus planillas, todos contando y recontando.
Los varones de este ejército de mujeres eran tres: Meco Frola (las manos mágicas para arreglar las máquinas) Walter Rotundo (en ese entonces un joven todo terreno) y el Jefe. El querido Juan Carlos  Lespada. El hombre que todo lo solucionaba. Una especie de Mc Giver  que podía estar en todos lados al mismo tiempo. Si se rompía una máquina, si se cortaba un sector la luz, si se desmayaba alguna obrera, si peleaba otra o tenía una crisis de llanto…. alguien que necesitaba un adelanto, un permiso, una recomendación. Todo era “llamen a Carlitos” y Carlitos Lespada,  todo lo solucionaba. Un Jefe, un amigo, un hermano.
Anita Pfannkuche






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