El festejo del 25 de mayo se preparaba con mucha anterioridad. Por aquélla época, los desfiles escolares eran una parte importantísima del acto central.
Con seguridad un mes antes, con sus profesores de educación física, los alumnos se iniciaban en el difícil acto de la marcha coordinada. Antes que nada, ordenarse de mayor a menor, después girar y con el brazo extendido tomar distancia. Finalmente, escuadras de a cuatro y allí toda la mañana con el izquér, un dos tres, izquiér, izquierdoderechoizquierdo…. y así martillando vueltas y vueltas de manzana. En las esquinas era donde se complicaba la cosa. Doblar en noventa grados manteniendo el paso, uno pequeño en el lugar la que daba el giro, y un paso gigante la que le tocaba cubrir el ángulo.
Esto iba en serio, si había bromas, sonrisas o distracción, podíamos tener amonestaciones, o quedarnos después de clase. En esa “previa” también se controlaba el largo del cabello de los varones y a las chicas, el pelo recogido y sólo con cintas blancas.
¿La generación de ahora, podrá creerlo?
Sucedía hace poquito, una antes que la de ellos, nomás.
Al fin, el 25 de mayo, salíamos con el corazón lleno de argentinidad, toda una semana recordando a los patriotas, con cintas en el pelo, guardapolvos duros de almidón Colman (el de la caja amarilla con bordes rojos) o l Plastitel, (especie de plasticola sobre la tela que la dejaba dura) el guardapolvo dos dedos debajo de las rodillas, (no se permitía usar pantalones) medias de nylon con costura atrás, zapatos lustrados con pomada Rex, cepillados y repasados con la gamuza… Y marchábamos.
Entrábamos a la Plaza San Martín por Libertad y 25 de mayo y por Lara y Del Carmen ingresaba La industrial. Todos custodiados por los profesores de educación física: los señores Cantet, Sánchez, Toledo y la señora Nora Garavaglia.
En la plaza vibraban las marchas. Los parlantes eran unas bocinas puestas de a pares. Había banderas por todos lados, hombres vestidos con traje y sobretodo: y sacones de piel y perlas en el cuello, las mujeres.
Los actos se hacían de acuerdo al protocolo. Había ingreso de banderas de ceremonia con sus abanderados, izamiento de banderas, ofrendas florales y encendidos discursos.
Comenzaban las representaciones de los más chicos. La pastelera, el vendedor de velas, el farolero, la mazamorrera con su canto, el patio donde los patriotas debatían acompañados con las damas antiguas. Los peinetones de carey (auténticos, todavía) y las mantillas españolas (que también se usaban de verdad para ir a misa, ya que en esa época, las mujeres debían asistir a la ceremonia litúrgica con la cabeza cubierta)
Los maestros que no leían las poesías: declamaban. Con voz potente, maravillosa entonación, gestos y matices hacían emocionar a la audiencia. Algunas voces nos quedaron en la memoria para siempre fueron las que: Graciela Raffo, Tito Rivas, Marcelina Frasseren, Ileana Vilas, Noemí Caeiro, Imelda Nicora, Gloria Rodríguez, Jorge Taboada.
Luego, el Tedéum, el chocolate caliente, la suelta de palomas de la Sociedad Colombófila.
Con los pies doloridos de tanta marcha practicada, el firme durante tantas horas, los más débiles comenzaban a descomponerse, y era parte de lo pintoresco, también. Un revuelo, un caído. Los que seguían de pie, a veces los envidiaban. Los otros recibían un té, y una silla.
La desconcentración se hacía luego de marchar hasta la estación del ferrocarril.
Era un orgullo ser abanderado y escolta. Para el alumno, y por supuesto, para la familia.
El Acto patriótico se vivía en el alma. El “viva la Patria ” era el pertenecer, el ser argentino, era el grito de libertad más puro. Lo gritábamos con toda convicción. Así lo sentíamos. Así nos habían educado.
Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani


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