La Pizzería de Bejo Ponce hace unos cincuenta años atrás… lugar de encuentro en la esquina de 25 de mayo y Libertad (hoy Scilla, de los hermanos Capistrano) reunía a los amigos, viajantes y enamorados durante toda la semana. Pero los domingos… una suerte de enjambre de hombres, en su día libre, la mayoría “tanteros” (santiagueños y de otras provincias del interior), trabajadores de las vecinas quintas de verdura (Cañuelas de esa época tenía gran cantidad en su periferia, en su mayoría propiedad de la colectividad portuguesa que vivía en nuestro Partido) se reunían en esa esquina, con su radio -Spika o Nobles Carina- a escuchar los partidos de fútbol, y disfrutar de cerveza y pizza. Tan tradicional era el encuentro, que llegaban en bicicletas y algunos en camiones. El local lo atendía su propietario, el Sr. Bejo, como se hacía llamar, su hermano Chocho y su hijo Roberto, apenas adolescente. También trabajaba allí, siempre repasando las mesas con una blanquísima rejilla el Sr. “Negro Morfese” quien en realidad les daba una mano, ya que su actividad habitual era la de comisionista.
Un domingo de franco, con fútbol, amigos, cerveza y alguna que otra trifulca, para aquellos que trabajaban toda la semana de sol a sol.
Otra pizzería tradicional era “El águila”. Otro estilo. Por su cercanía al Cine era el lugar perfecto para ir antes o después de la función a saborear unas pizzas.
Las mesas de madera en un tiempo con manteles verdes y después cuadrillé, eran atendidas por el Sr. Carlitos Noriega, de impecable camisa blanca y moño negro, con una servilleta en el brazo.
El reservado, dividido por un tabique verde de madera ocultaba el romance y tal vez el robo furtivo de un beso, que fácilmente se descubría por un espejo colocado estratégicamente y por el paso inoportuno de la gente que concurría a los baños.
Los pisos de mosaico rojo, los platos de cerámica blanca, esmaltada con el águila. Los vasos de vidrio -cortitos y acanalados- para vino, los de trago largo, y las medidas de whisky, parecidas a un dedal, de metal.
¿Los tragos de moda? Anís los 8 Hermanos, coñac, y la famosa Hesperidina con hielo para las damas. Por la mañana, café con leche y el fascinante submarino, con vaso de vidrio y culote de aluminio con manija, acompañado por los bay biscuit o vainillas “La Martona”.
Las ventanas por las que se veía la plaza tenían postigos de hierro verde y las dos entradas, persianas ciegas de chapa.
Se respetaron sus muros y su estilo, (hoy funciona en el lugar la inmobiliaria Impacto) y tal vez sus ladrillos almacenen aún voces y risas, sueños y alegrías de quienes pasaron por allí.
Italpizza era también un icono a la hora de salir a tomar algo, o degustar unas porciones de pizza sentados en el reservado, envueltos en la emoción de las primeras citas.
Por las mañanas, el tren en que llegaban los estudiantes a las distintas escuelas arribaba a las siete de la mañana (a veces, en invierno, era de noche) y entonces se llenaba la pizzería con un revuelo de jóvenes alborotados, que se apilaban en las sillas entre risas y deberes copiados a último momento, mapas a medio completar, y la máquina de café Express y el aroma delicioso envolviéndolo todo.
Detrás de mostrador dos personas excepcionales: Don Juan y Don Antonio Trípode.
Los chicos, familiarizados, los trataban como a sus abuelos o tíos. -Juan, por favor una pasta frola-; O, A un alfajor, o un cafecito con crema. -Ya va, ya va, tranquilos- decía Juan, siempre sereno, recorriendo las mesas.
De vez en cuando, alguna pelea, una contestación subida de tono o una mala palabra era acallada por el grito de Antonio: -¡Eh! ¿Que pasa ahí?, ¡Cuidado! ¡Se va afuera!-
Y su voz convertía el alboroto en susurros. Que respeto imponía su vozarrón.
Un cálido lugar de encuentro que se repetía al mediodía y a la tardecita, con el turno tarde escolar. Parada obligada para todos los futuros bachilleres, industriales y maestros que venían a Cañuelas a estudiar.
Los muchachos que pasaron detrás de la barra fueron Roberto Charif, Juan Iglesias, Antonio Trozzo, Raúl Matreló y el querido y recordado Bocha Pardo (que era vecino, pero siempre estaba).
El sabor de la pizza era única, el cariño y la calidez que se recibía, también. Juan y Antonio, Felisa y Nina, cuatro inmigrantes italianos que dejaron sus raíces en nuestro pueblo y fundaron una gran familia cañuelense.
Un domingo de franco, con fútbol, amigos, cerveza y alguna que otra trifulca, para aquellos que trabajaban toda la semana de sol a sol.
Otra pizzería tradicional era “El águila”. Otro estilo. Por su cercanía al Cine era el lugar perfecto para ir antes o después de la función a saborear unas pizzas.
Las mesas de madera en un tiempo con manteles verdes y después cuadrillé, eran atendidas por el Sr. Carlitos Noriega, de impecable camisa blanca y moño negro, con una servilleta en el brazo.
El reservado, dividido por un tabique verde de madera ocultaba el romance y tal vez el robo furtivo de un beso, que fácilmente se descubría por un espejo colocado estratégicamente y por el paso inoportuno de la gente que concurría a los baños.
Los pisos de mosaico rojo, los platos de cerámica blanca, esmaltada con el águila. Los vasos de vidrio -cortitos y acanalados- para vino, los de trago largo, y las medidas de whisky, parecidas a un dedal, de metal.
¿Los tragos de moda? Anís los 8 Hermanos, coñac, y la famosa Hesperidina con hielo para las damas. Por la mañana, café con leche y el fascinante submarino, con vaso de vidrio y culote de aluminio con manija, acompañado por los bay biscuit o vainillas “La Martona”.
Las ventanas por las que se veía la plaza tenían postigos de hierro verde y las dos entradas, persianas ciegas de chapa.
Se respetaron sus muros y su estilo, (hoy funciona en el lugar la inmobiliaria Impacto) y tal vez sus ladrillos almacenen aún voces y risas, sueños y alegrías de quienes pasaron por allí.
Italpizza era también un icono a la hora de salir a tomar algo, o degustar unas porciones de pizza sentados en el reservado, envueltos en la emoción de las primeras citas.
Por las mañanas, el tren en que llegaban los estudiantes a las distintas escuelas arribaba a las siete de la mañana (a veces, en invierno, era de noche) y entonces se llenaba la pizzería con un revuelo de jóvenes alborotados, que se apilaban en las sillas entre risas y deberes copiados a último momento, mapas a medio completar, y la máquina de café Express y el aroma delicioso envolviéndolo todo.
Detrás de mostrador dos personas excepcionales: Don Juan y Don Antonio Trípode.
Los chicos, familiarizados, los trataban como a sus abuelos o tíos. -Juan, por favor una pasta frola-; O, A un alfajor, o un cafecito con crema. -Ya va, ya va, tranquilos- decía Juan, siempre sereno, recorriendo las mesas.
De vez en cuando, alguna pelea, una contestación subida de tono o una mala palabra era acallada por el grito de Antonio: -¡Eh! ¿Que pasa ahí?, ¡Cuidado! ¡Se va afuera!-
Y su voz convertía el alboroto en susurros. Que respeto imponía su vozarrón.
Un cálido lugar de encuentro que se repetía al mediodía y a la tardecita, con el turno tarde escolar. Parada obligada para todos los futuros bachilleres, industriales y maestros que venían a Cañuelas a estudiar.
Los muchachos que pasaron detrás de la barra fueron Roberto Charif, Juan Iglesias, Antonio Trozzo, Raúl Matreló y el querido y recordado Bocha Pardo (que era vecino, pero siempre estaba).
El sabor de la pizza era única, el cariño y la calidez que se recibía, también. Juan y Antonio, Felisa y Nina, cuatro inmigrantes italianos que dejaron sus raíces en nuestro pueblo y fundaron una gran familia cañuelense.
María Emilia Floriani - Anita Pfannkuche



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