Para una mujer, el chocolate, las zapaterías y la peluquería son un pedacito de felicidad, algo que las hace sentir (aunque sea por un rato) unas reinas. Y si a eso se acompaña manicura, depilación, masajes y charlas con amigas… son diosas totales.
Y eso fue siempre así, a través del tiempo.
La llegada del agua oxigenada (año 1867) permitió incursionar en los tonos rubios o claros, dejando de lado recetas caseras en muchos casos peligrosas para la salud y altamente dañinas para el cabello.
Para el hombre, en cambio, las barberías o peluquerías significaban prolijidad, estilo, necesidad.
En Cañuelas, las peluquerías clásicas de hace muchos años eran la de Cacho Guercio, Pérez en la calle Lara, Gaggioli en Av. Libertad, Rolando Ponce en la calle Acuña, y Chicho Proscopio. Allí, en la calle Del Carmen, a metros de la plaza, el divertido peluquero contaba sus historias, hacía bromas y no dejaba pasar moza por la vereda sin que se llevara un piropo. El tono de los mensajes, según el día y la inspiración. Variadas son las cuitas que se cuentan de don Chicho. Algunas muy pícaras, pero la mayoría se referían a su costumbre de ingresar sin pagar en cuanto evento se le presentaba, especialmente el fútbol. Para ello se requería creatividad y público, que era el que validaba sus travesuras. Una vez, ingresando a una de las canchas en La Plata, cuando jugaba la selección de Cañuelas, se mezcló con la gente de seguridad que ingresaba. Cada uno decía su rango y pasaba. En el medio, al pasar dijo muy serio: -Oficial.
Una vez adentro alguien de la puerta alcanzó a gritarle: ¿Oficial qué?
Fuerte y seguro, mientras seguía avanzando contestó: “oficial peluquero”.
Las herramientas en la peluquería de hombres eran navaja, tijeras, brocha y jabón. Y barrita de alumbre para después de afeitar.
Muy seguro de su peluquero debía estar el cliente, que ofrecía su cuello (nada menos) al filo y al pulso del profesional.
Los utensilios se esterilizaban con una gran vaporera. La gomina era Brancato o Glostora. Famosos peluqueros de ayer y de hoy que podemos nombrar (entre otros) son Albertito, Carlitos Silva, Atilio Ponce, Daniel Fonseca, Fígaro, Ángeles y Oscar y el querido Negro Pedutto, en la calle Libertad.
Peluquería Rizzi, de Delfa y Esther, Emi y Daniel, Peluquería Marcia de Lila Pereletegui, Las Morales, Mari Vai, Haydeé (tía de Celia Donadío) que tuvo muchos años su local frente a la plaza San Martin, la señora de Sánchez, en la calle Lara, son algunas de las primeras en el rubro, Gachi Suárez, Peluqueria Nancy, y muchas otras atienden en nuestra ciudad.
Las permanentes, “la croquiñol” como solían decirlas inmigrantes, los bigudíes (rulitos de madera envueltos en papel) y las tinturas embellecían a nuestras abuelas.
¿Los colores? Poco rubio, mucho castaño, algún rojo, negro azabache (que quedaba como negro azulado) y un color gris celeste para disimular las canas de las mayores.
Las damas de la década del sesenta, lucían bellas a partir del sufrimiento: los ruleros, tan enormes algunos como duros, prendidos con pinzas, dormían toda la noche en la cabeza de la dama.
El batido consistía en estirar el cabello enroscado (salido del rulero) y peinarlo hacia la base enmarañándolo. Esa esponja de pelo se cubría con mucho cuidado con los cabellos superficiales tapando el resto y se lo llenaba de laca o spray (en aerosol); esto hacía que quedara duro, altísimo y por si acaso aún se fijaba con invisibles.
¿Cómo duraba esto? Todas las noches había que envolver la cabeza con una red para que no se le abollara el peinado, hasta el próximo fin de semana.
Las que tenían el pelo naturalmente ondulado lo deseaban lacio. Para ello se usaba la “Toca”. Ésta consistía en un solo rulero gigante en el centro de la cabeza y el cabello se envolvía a su alrededor con mucha paciencia, mojado y con un poco de desenredante, y cientos de ganchos sujetándolo.
Al levantarse, la cabellera rebelde lucía como una lluvia, estilo Cleopatra. La minifalda, las botas, los hot pants, flores, bandanas, muchos collares, hacían de la sufrida muchacha una estrella a la hora de salir.
En los setenta llegaron los peinados afro (todo enrulado) o batido, las rastas y las crestas. Mechas de colores, combinadas con pantalones de botamanga exageradamente ancha o chupines y blusas ajustadas.
Los secretos para un pelo maravilloso pasaban por distintos productos de moda o la recomendación (por lo bajo, sin que oyera la peluquera) de hacerse un baño de recuperación a base de caracú y huevo. Maravilloso si no fuera por la cantidad de shampoo que había que usar para sacar semejante pegote de la cabeza.
Las peluquerías siempre fueron el centro mismo de la información. Ante un peluquero/peluquera nadie se resiste a hablar de su vida y de la ajena. Algo así como una confesión, que por supuesto es terriblemente agrandada, según las características de la clienta. Todo depende de la paciencia de la peluquera, de su habilidad para hacerla cambiar de tema o participar con otras clientas de un comentario sobre el último suceso.
Y eso fue siempre así, a través del tiempo.
La llegada del agua oxigenada (año 1867) permitió incursionar en los tonos rubios o claros, dejando de lado recetas caseras en muchos casos peligrosas para la salud y altamente dañinas para el cabello.
Para el hombre, en cambio, las barberías o peluquerías significaban prolijidad, estilo, necesidad.
En Cañuelas, las peluquerías clásicas de hace muchos años eran la de Cacho Guercio, Pérez en la calle Lara, Gaggioli en Av. Libertad, Rolando Ponce en la calle Acuña, y Chicho Proscopio. Allí, en la calle Del Carmen, a metros de la plaza, el divertido peluquero contaba sus historias, hacía bromas y no dejaba pasar moza por la vereda sin que se llevara un piropo. El tono de los mensajes, según el día y la inspiración. Variadas son las cuitas que se cuentan de don Chicho. Algunas muy pícaras, pero la mayoría se referían a su costumbre de ingresar sin pagar en cuanto evento se le presentaba, especialmente el fútbol. Para ello se requería creatividad y público, que era el que validaba sus travesuras. Una vez, ingresando a una de las canchas en La Plata, cuando jugaba la selección de Cañuelas, se mezcló con la gente de seguridad que ingresaba. Cada uno decía su rango y pasaba. En el medio, al pasar dijo muy serio: -Oficial.
Una vez adentro alguien de la puerta alcanzó a gritarle: ¿Oficial qué?
Fuerte y seguro, mientras seguía avanzando contestó: “oficial peluquero”.
Las herramientas en la peluquería de hombres eran navaja, tijeras, brocha y jabón. Y barrita de alumbre para después de afeitar.
Muy seguro de su peluquero debía estar el cliente, que ofrecía su cuello (nada menos) al filo y al pulso del profesional.
Los utensilios se esterilizaban con una gran vaporera. La gomina era Brancato o Glostora. Famosos peluqueros de ayer y de hoy que podemos nombrar (entre otros) son Albertito, Carlitos Silva, Atilio Ponce, Daniel Fonseca, Fígaro, Ángeles y Oscar y el querido Negro Pedutto, en la calle Libertad.
Peluquería Rizzi, de Delfa y Esther, Emi y Daniel, Peluquería Marcia de Lila Pereletegui, Las Morales, Mari Vai, Haydeé (tía de Celia Donadío) que tuvo muchos años su local frente a la plaza San Martin, la señora de Sánchez, en la calle Lara, son algunas de las primeras en el rubro, Gachi Suárez, Peluqueria Nancy, y muchas otras atienden en nuestra ciudad.
Las permanentes, “la croquiñol” como solían decirlas inmigrantes, los bigudíes (rulitos de madera envueltos en papel) y las tinturas embellecían a nuestras abuelas.
¿Los colores? Poco rubio, mucho castaño, algún rojo, negro azabache (que quedaba como negro azulado) y un color gris celeste para disimular las canas de las mayores.
Las damas de la década del sesenta, lucían bellas a partir del sufrimiento: los ruleros, tan enormes algunos como duros, prendidos con pinzas, dormían toda la noche en la cabeza de la dama.
El batido consistía en estirar el cabello enroscado (salido del rulero) y peinarlo hacia la base enmarañándolo. Esa esponja de pelo se cubría con mucho cuidado con los cabellos superficiales tapando el resto y se lo llenaba de laca o spray (en aerosol); esto hacía que quedara duro, altísimo y por si acaso aún se fijaba con invisibles.
¿Cómo duraba esto? Todas las noches había que envolver la cabeza con una red para que no se le abollara el peinado, hasta el próximo fin de semana.
Las que tenían el pelo naturalmente ondulado lo deseaban lacio. Para ello se usaba la “Toca”. Ésta consistía en un solo rulero gigante en el centro de la cabeza y el cabello se envolvía a su alrededor con mucha paciencia, mojado y con un poco de desenredante, y cientos de ganchos sujetándolo.
Al levantarse, la cabellera rebelde lucía como una lluvia, estilo Cleopatra. La minifalda, las botas, los hot pants, flores, bandanas, muchos collares, hacían de la sufrida muchacha una estrella a la hora de salir.
En los setenta llegaron los peinados afro (todo enrulado) o batido, las rastas y las crestas. Mechas de colores, combinadas con pantalones de botamanga exageradamente ancha o chupines y blusas ajustadas.
Los secretos para un pelo maravilloso pasaban por distintos productos de moda o la recomendación (por lo bajo, sin que oyera la peluquera) de hacerse un baño de recuperación a base de caracú y huevo. Maravilloso si no fuera por la cantidad de shampoo que había que usar para sacar semejante pegote de la cabeza.
Las peluquerías siempre fueron el centro mismo de la información. Ante un peluquero/peluquera nadie se resiste a hablar de su vida y de la ajena. Algo así como una confesión, que por supuesto es terriblemente agrandada, según las características de la clienta. Todo depende de la paciencia de la peluquera, de su habilidad para hacerla cambiar de tema o participar con otras clientas de un comentario sobre el último suceso.
María Emilia Floriani y Anita Pfannkuche
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