Las boticas existían en los tiempos en que se curaba el resfrío con ventosas en pecho y espalda, baños de mostaza caliente, y aspirando vapor de las hojas de eucaliptos hervidas puestas sobre una estufa.
En ella los antiguos “boticarios” realizaban los preparados (Rectas Magistrales), extendidas por el médico de cabecera. Se vendía alcanfor, untura blanca, aceite de castor, limonada Rogé, aceite de bacalao, y barritas de azufre.
También, había té “de yuyos” para el hígado, la virilidad o la caída del cabello. Bien dice el refrán… “de todo como en botica”. En Cañuelas, la botica estaba ubicada en la actual casa Fevesa y era propiedad del Sr. Picazza.
A la farmacia del Sr. Mastay -en la esquina de Belgrano y Libertad- se entraba por una puerta de madera. La fila de frascos de vidrio ordenados, con tapas de madera en las estanterías interminables, conteniendo quien puede saber qué poción, alquimia o remedio, muchos de ellos etiquetados con la calavera cruzada.
El aroma característico era una mezcla de hierbas, sustancias y perfumes. Diadermina, compraban las abuelas, una crema básica que se vendía suelta, para las manos cansadas de fregar a tabla la ropa. Muy económica, blanca, suave. Agua de lapacho para cubrir las canas los caballeros coquetos. Hojas de afeitar, navajas, jabón de olor.
En el mostrador, luego de una charla bajita con el cliente, algunos pocos privilegiados pasaban a la trastienda, un pequeño laboratorio de donde salían aliviados, medida su presión, un pinchazo oportuno o con la esperanza en el bolsillo. Un frasco de vidrio con gomitas de eucaliptus, para el convite a sus clientes.
Las terribles y temibles enfermedades de la época eran las venéreas, las heridas en el campo, golpes, contusiones, cortes, e infecciones en los oídos y garganta por no hablar de los famosos “golondrinas”.
El médico era un Dios que sólo al entrar en una casa, hacía que el enfermo mejorara por la confianza que le tenía. Pero el farmacéutico era el amigo, el confidente, el dueño de los secretos, y además no cobraba la consulta.
Al llegar la penicilina, las enfermedades retrocedieron, y los medicamentos comenzaron a salir de los laboratorios y droguerías. Sin embargo, la costumbre hacía volver al farmacéutico y a sus artes.
Otra farmacia: la Buenos Aires, de Don Marcos Gutman (el ruso) como le decían sus amigos y sus alumnos, casado con Mara, una bellísima mujer de piernas increíbles.
Profesor de química en las escuelas, un señor afable y ameno a pesar de las penas que la vida le había dado.
La farmacia de la Sra. Lavin, a la que ayudaba su hijo, quien quedó a cargo de la misma. Siempre impecablemente vestido de blanco, sumamente prolijo, tuvo su farmacia en la calle Libertad, entre San Martín y Belgrano, para instalarse posteriormente en la calle Belgrano. Una particularidad: el Sr. Lavín trabajó en la farmacia de la Sra. Lucía Frecino.
Una de las farmacias nuevas que se instaló en este conjunto fue la Farmacia Frecino. Primero en el local (donde hoy están las motos de Carlos y Elsa) y luego, cuando el Club San Martín vendió sus instalaciones se ubicó enfrente, donde hoy se encuentra la farmacia Garavaglia II, la más “joven” de las existentes en la actualidad, atendida por Adrián.
Uno de sus empleados, Ángel de los Santos comenzó a trabajar a los quince años. Allí atendían Lucía y Bernardo.
La farmacia Garavaglia en la esquina de San Martín y Mitre, atendida por Daniel, su dueño, fue en una época era la única que tenía balanza de pesas y todas las chicas “a dieta” se controlaban en ella. Tuvo distintas refacciones a lo largo del tiempo, hasta que terminó blindada, por seguridad, como casi todas las demás farmacias.
Una farmacia que ya no está es la de la calle Acuña, de la Sra. Silvia Mac Gil. Otras, actuales, la farmacia Ceberio de la Sra. María Laura Mieggi, Farmacia Del Carmen (en Libertad y Belgrano), Farmacia Berrueta, Farmacia Alberdi, la farmacia Oyarzábal, en la calle Del Carmen, y las dos sucursales de Nueva Cañuelas.
También hay que recordar a las enfermeras. La queridísima Elsita Guerrero, profesora de piano, siempre con su caja de inyecciones en el bolso (en ese entonces una caja de metal, que se hervía para esterilizarse, con jeringas de vidrio y agujas temibles). Se la veía caminando a cualquier hora por cualquier lado. No había barro ni distancia, ni lluvia ni sol que la hiciera faltar a sus obligaciones. En invierno con un ponchito en las espaldas y sin medias, con los pies mojados («porque estoy acostumbrada -decía- no me hace nada») no le temía ni a perros ni a oscuridades. Un niño enfermo, con fiebre, un anciano postrado, y Elsita llegaba con sus manos a aliviarlo.
Otras enfermeras eran la Sra. Celia Casas, que trabajó mucho tiempo en la Casa Cuna, y la Sra. Nucifora que trabajó muchos años con los doctores Juárez y Marzzetti., También el enfermero José anduvo mucho tiempo recorriendo domicilios. La Sra. Martina Barrera, daba inyecciones en la calle Lara y 9 de Julio, y La Sra. Montoya en la calle Brandsen.
En ella los antiguos “boticarios” realizaban los preparados (Rectas Magistrales), extendidas por el médico de cabecera. Se vendía alcanfor, untura blanca, aceite de castor, limonada Rogé, aceite de bacalao, y barritas de azufre.
También, había té “de yuyos” para el hígado, la virilidad o la caída del cabello. Bien dice el refrán… “de todo como en botica”. En Cañuelas, la botica estaba ubicada en la actual casa Fevesa y era propiedad del Sr. Picazza.
A la farmacia del Sr. Mastay -en la esquina de Belgrano y Libertad- se entraba por una puerta de madera. La fila de frascos de vidrio ordenados, con tapas de madera en las estanterías interminables, conteniendo quien puede saber qué poción, alquimia o remedio, muchos de ellos etiquetados con la calavera cruzada.
El aroma característico era una mezcla de hierbas, sustancias y perfumes. Diadermina, compraban las abuelas, una crema básica que se vendía suelta, para las manos cansadas de fregar a tabla la ropa. Muy económica, blanca, suave. Agua de lapacho para cubrir las canas los caballeros coquetos. Hojas de afeitar, navajas, jabón de olor.
En el mostrador, luego de una charla bajita con el cliente, algunos pocos privilegiados pasaban a la trastienda, un pequeño laboratorio de donde salían aliviados, medida su presión, un pinchazo oportuno o con la esperanza en el bolsillo. Un frasco de vidrio con gomitas de eucaliptus, para el convite a sus clientes.
Las terribles y temibles enfermedades de la época eran las venéreas, las heridas en el campo, golpes, contusiones, cortes, e infecciones en los oídos y garganta por no hablar de los famosos “golondrinas”.
El médico era un Dios que sólo al entrar en una casa, hacía que el enfermo mejorara por la confianza que le tenía. Pero el farmacéutico era el amigo, el confidente, el dueño de los secretos, y además no cobraba la consulta.
Al llegar la penicilina, las enfermedades retrocedieron, y los medicamentos comenzaron a salir de los laboratorios y droguerías. Sin embargo, la costumbre hacía volver al farmacéutico y a sus artes.
Otra farmacia: la Buenos Aires, de Don Marcos Gutman (el ruso) como le decían sus amigos y sus alumnos, casado con Mara, una bellísima mujer de piernas increíbles.
Profesor de química en las escuelas, un señor afable y ameno a pesar de las penas que la vida le había dado.
La farmacia de la Sra. Lavin, a la que ayudaba su hijo, quien quedó a cargo de la misma. Siempre impecablemente vestido de blanco, sumamente prolijo, tuvo su farmacia en la calle Libertad, entre San Martín y Belgrano, para instalarse posteriormente en la calle Belgrano. Una particularidad: el Sr. Lavín trabajó en la farmacia de la Sra. Lucía Frecino.
Una de las farmacias nuevas que se instaló en este conjunto fue la Farmacia Frecino. Primero en el local (donde hoy están las motos de Carlos y Elsa) y luego, cuando el Club San Martín vendió sus instalaciones se ubicó enfrente, donde hoy se encuentra la farmacia Garavaglia II, la más “joven” de las existentes en la actualidad, atendida por Adrián.
Uno de sus empleados, Ángel de los Santos comenzó a trabajar a los quince años. Allí atendían Lucía y Bernardo.
La farmacia Garavaglia en la esquina de San Martín y Mitre, atendida por Daniel, su dueño, fue en una época era la única que tenía balanza de pesas y todas las chicas “a dieta” se controlaban en ella. Tuvo distintas refacciones a lo largo del tiempo, hasta que terminó blindada, por seguridad, como casi todas las demás farmacias.
Una farmacia que ya no está es la de la calle Acuña, de la Sra. Silvia Mac Gil. Otras, actuales, la farmacia Ceberio de la Sra. María Laura Mieggi, Farmacia Del Carmen (en Libertad y Belgrano), Farmacia Berrueta, Farmacia Alberdi, la farmacia Oyarzábal, en la calle Del Carmen, y las dos sucursales de Nueva Cañuelas.
También hay que recordar a las enfermeras. La queridísima Elsita Guerrero, profesora de piano, siempre con su caja de inyecciones en el bolso (en ese entonces una caja de metal, que se hervía para esterilizarse, con jeringas de vidrio y agujas temibles). Se la veía caminando a cualquier hora por cualquier lado. No había barro ni distancia, ni lluvia ni sol que la hiciera faltar a sus obligaciones. En invierno con un ponchito en las espaldas y sin medias, con los pies mojados («porque estoy acostumbrada -decía- no me hace nada») no le temía ni a perros ni a oscuridades. Un niño enfermo, con fiebre, un anciano postrado, y Elsita llegaba con sus manos a aliviarlo.
Otras enfermeras eran la Sra. Celia Casas, que trabajó mucho tiempo en la Casa Cuna, y la Sra. Nucifora que trabajó muchos años con los doctores Juárez y Marzzetti., También el enfermero José anduvo mucho tiempo recorriendo domicilios. La Sra. Martina Barrera, daba inyecciones en la calle Lara y 9 de Julio, y La Sra. Montoya en la calle Brandsen.
Anita Pfannkuche María Emilia Floriani


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