Entre los años 1957 y 1962 hubo un local destinado a la venta de artículos varios, colchones y mueblería, a cargo de Don José. Estaba sobre la avenida Libertad, entre Florida y 9 de Julio, en el mismo local donde tiempo después funcionó la carnicería de don José Bastarrica, donde trabajaba toda la familia, con Rosita al frente y su hermana, María en la caja. Más tarde, no hace mucho tiempo, el local albergó a la “Papelera Libertad”, de Sergio y Paola. Luego una tienda de venta de calzado y actualmente una impecable verdulería: “La Mely”.
Don José….
Ante el llamado de los clientes, se presentaba con una máquina utilizada para despegar la lana, única materia prima de la época para los colchones. La tarea era sencilla: se descosía el forro del colchón y se sacaba la lana de su interior, con la que se formaba una especie de montaña al lado de la máquina cardadora. Manualmente la estiraba y la iba desmenuzando, operación que se caracterizaba por el desprendimiento de polvo y suciedad. Sentado sobre la tabla con forma de un sube y baja -pero fija- Don José comenzaba a pasar la lana ya desenredada entre las dos chapas curvas y paralelas, cada una con clavos en dirección opuesta sin que llegaran a tocarse, y al mismo tiempo las empezaba a mover hacia adelante y hacia atrás. La lana cardada salía por el extremo opuesto al que entró. Según el estado de la lana, se repetía la operación. El día debía ser seco y sin viento.
Las lanas eran de color blanco o negro, algunas como un pompón y otras rizadas y suaves.
En el día desarmaba un colchón de dos plazas, mientras su señora lavaba y cosía el cotín (*) original o lo reemplazaba por uno nuevo. Se cosía el extremo abierto, se ponía el borde, y con las largas agujas de colchonero se colocaban los botones, atravesándolo. A la noche... el colchón estaba para estrenar y con “olor” a sol.
La empresa pertenecía al Sr. Don José de nacionalidad rusa, y trabajaba con él un simpático joven cañuelense, de una gran sonrisa que se llamaba José Romero.
(*) Cotín: tela floreada, muy resistente, con la que se recubrían los colchones.
Don José….
Ante el llamado de los clientes, se presentaba con una máquina utilizada para despegar la lana, única materia prima de la época para los colchones. La tarea era sencilla: se descosía el forro del colchón y se sacaba la lana de su interior, con la que se formaba una especie de montaña al lado de la máquina cardadora. Manualmente la estiraba y la iba desmenuzando, operación que se caracterizaba por el desprendimiento de polvo y suciedad. Sentado sobre la tabla con forma de un sube y baja -pero fija- Don José comenzaba a pasar la lana ya desenredada entre las dos chapas curvas y paralelas, cada una con clavos en dirección opuesta sin que llegaran a tocarse, y al mismo tiempo las empezaba a mover hacia adelante y hacia atrás. La lana cardada salía por el extremo opuesto al que entró. Según el estado de la lana, se repetía la operación. El día debía ser seco y sin viento.
Las lanas eran de color blanco o negro, algunas como un pompón y otras rizadas y suaves.
En el día desarmaba un colchón de dos plazas, mientras su señora lavaba y cosía el cotín (*) original o lo reemplazaba por uno nuevo. Se cosía el extremo abierto, se ponía el borde, y con las largas agujas de colchonero se colocaban los botones, atravesándolo. A la noche... el colchón estaba para estrenar y con “olor” a sol.
La empresa pertenecía al Sr. Don José de nacionalidad rusa, y trabajaba con él un simpático joven cañuelense, de una gran sonrisa que se llamaba José Romero.
(*) Cotín: tela floreada, muy resistente, con la que se recubrían los colchones.
María Emilia Floriani
Anita Pfannkuche
Anita Pfannkuche
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