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11/2/11

Cañuelas, docentes, escuelas y porteros










LA ESCUELA, SEGUNDO HOGAR

Gran parte de  nuestra infancia  y adolescencia la vivimos entre la casa y la escuela. En nuestro recuerdo quedaron las aulas luminosas, las filas de bancos, las láminas colgadas en las varillas  a fuerza de chinches y el  gran pizarrón, negro antes, vede después, donde la tiza dibujaba el saber del docente para que lo asimiláramos desde los ojos al cuaderno y de allí a los deberes. Letras números, fórmulas, gráficos, acompañaban a la palabra. La complicidad  entre el esfuerzo del maestro (los libros siempre fueron caros) y las  ganas de aprender de los niños. Lejos, muy lejos estaban las fotocopias y los libros fichas.
Apenas ayudaban al lápiz negro  algunas figuritas, el papel de calcar, el esténcil y los lápices de colores.
Las gomas de borrar, de dos colores, para tinta y para lápiz: nuevas eran largas y con punta recortada al bies. Después  quedaban redonditas y chiquitas, y finalmente se convertían en proyectiles con unas alitas de papel duro que volaban por el salón. (pioneras de la guerra de tizas)
La goma de pegar estaba en  un frasco panzón con olor alcanforado y era una baba similar a la savia que sale de los trocos de los árboles. De color blancuzco tirando al amarillo, venía con un corcho que terminaba en un  pincel sumergido y pegajoso.

LOS BANCOS, LOS TINTEROS, LOS MONITORES

Se nombraba monitor a un alumno, que era el encargado de  llevar los tinteros de vidrio encastrados  en una bandeja de madera, con un ayudante que transportaba  el tintero.
En cada pupitre se colocaba el correspondiente tintero, se lo llenaba de  tinta marca Pelikan, color azul y era compartido  por dos niños.
Los bancos los lijábamos una vez por mes y los encerábamos con un trapito cargado que se traía de la casa. Después se lustraba y  se cuidaba con mucho esmero.
Las lapiceras eran “de mojar” con una pluma  fina para el trazo común, cucharita con la punta sesgada para la caligrafía redondilla o gótica y el cucharón para trazos gruesos.
Al tiempo llegó la estilográfica con tanque de goma para llenarlo de tinta (ya se cargaba la tinta en la casa y desaparecieron los tinteros)
Finalmente  se crearon los cartuchos (había de todas las marcas y tamaños) y como un milagro para evitar las manchas en los guardapolvos: la nunca tan bien ponderada Bic  o birome
Los papeles  secantes  cumplieron una importantísima función  en el cuidado de los cuadernos. A veces, de urgencia se utilizaban las tizas.


DIRECTIVOS y   DOCENTES: LA  SEGUNDA FAMILIA.

 El  gran respeto que le  teníamos a nuestros  maestros, hacía  impensable refutar cualquier  decisión o recomendación de los mismos. También  los  padres (claro, educados de la misma manera) atendían a los maestros con muchísimo respeto.
En el balance de una acción  que merecía un castigo, siempre el alumno tenía la culpa. Ahora,  ya con unos cuantos años de experiencia, la vida me ha enseñado que tal vez no siempre  fue  positivo aceptar  que toda autoridad, sólo por ser autoridad,  tenía razón. Pero  también reconozcamos que ahora  el respeto al docente, en algunos casos   casi no existe. No se lo enseña  desde la propia familia.
Sin embargo, el recuerdo a nuestros  maestros sigue allí: impecable a pesar de las penitencias. Amoroso, sincero, como si  hubieran pertenecido  a nuestra  familia. Enormes como educadores, sabios y formadores. Ellos conocían  cada una de nuestras debilidades, miedos y angustias. Y estaban ahí para ayudarnos a crecer y alentar nuestras pequeñas vocaciones.
La Dirección era  un  santuario. Se pedía permiso religiosamente  para ingresar. Y si  se llegaba allí  para un reto era como quien iba  al cadalso. Siempre había olor a cera, a libro, a tinta. Allí se guardaban la bandera del mástil y  la bandera de gala con todos sus atributos. Los registros, los boletines, los archivos…
Nuestro recuerdo  a algunos directores que marcaron la  infancia: La Sra. Rosa Galicia de Raffo, el Ingeniero Sendra, El Sr. Héctor Durante, La Sra. Nelia Mazzoleni, Ñata Rasquetti, Amalia Moyano, Carmen de Rutter, Cristina Pantarotto, Marta Sánchez, Aurora Tomeo, Noemi Caeiro, Lilia Manzoni de Alem, Sra. De Manzanares, María Lidia Torti, María Elena Opizzi, Margarita Mosquera, Cristina Nesprias, Susana Bozza, Adela Mc Gill, Azucena Sebani de Ponce, Silvia Marcos,  entre otros.

LOS PORTEROS, A QUIENES SE LES TENÍA EL MISMO AFECTO QUE A LOS TIOS O ABUELOS.

Los porteros eran nuestros “compinches”. A ellos se recurría por una rodilla raspada, un dolor de cabeza, y las benditas narices sangrantes. En esa situación nos sentaban en la portería con el brazo hacia arriba y un tapón gigante en la nariz. Cada tanto, nos acariciaban  la cabeza con un cariñoso: ¿estas mejor?
También venía incluido un tecito (¡en la taza de la seño!), una galletita o un caramelo. Nos hacíamos casi invisibles y disfrutábamos de las conversaciones de los grandes. Sus secretos y sanos chusmeríos.
Un recuerdo de la portera de la Escuela Nº 1, la Sra. Raquel Taberna, con su patio lleno de plantas y flores increíbles, que sacaba agua de un molino y tenían su vivienda en la parte de atrás de la  escuela, donde funcionó años después Secretaría de Inspección.
Después el Sr. Zapata que usaba en sus comienzos guardapolvo blanco, plisado,  con botón delantero y luego gris. Como la campana quedaba en el patio descubierto cuando llovía se calzaba galochas y abría un paraguas tan grande como una sombrilla para  marcar los recreos. Después el Sr. Beherens.
En la Escuela Industrial, el Sr. Antonio Farías y el Sr. Aurelio Fardini, y como parquero el Sr. Moyano.
En la Escuela Estrada, la Sra. Elba Chávez, el Sr. Martínez y el Sr. López, La Sra. de Inguanzo. La Sra. García, Esmeralda García en villa Vissir, Ofelia Herrera (Nata) Escuela 14.
La Sra. Picavea en la Escuela Nº  7(que llegaba en sulky) En la escuela de Máximo Paz la Sra. Madero.

EL  HOMENAJE

Vamos a recordar a una querida portera, y en su nombre a todos los que ejercieron esa linda profesión. Los que están  en esta nota y los que no, pero que llevamos cada uno en su corazón.
Margarita Croni de Beherens fue portera de tres escuelas de Cañuelas. Comenzó en la Nº 1 Nocturna, donde  ya los chicos eran más grandes. Su anécdota más simpática  que siempre recuerda,  era cuando tenía que limpiar las cabezas de los niños que se llenaban de piojos. En aquellos años la palabra piojo era  tomada como signo de pobreza y mal higiene. Hoy sabemos que es una infestación común a todas las clases sociales (suponiendo que haya clases sociales, claro) De vez en cuando, sustraía y aliviaba las cabecitas con mucha paciencia, un poco de vinagre y palo amargo.
Trabajó en el Jardín La Sagrada  Familia donde pasó  muy lindos años rodada  de los más chiquitos, consolándolos, mimándolos y haciendo de mamá y abuela cuando se quedaban llorando los primeros días de clase.
Siempre fue tratada con mucho cariño por todas las maestras  (algunas que ya no están) como su primera directora.
Su carrera hasta  jubilarse la realizó en  el Departamento de  Aplicación con la Srta. Aída Zúñiga como Directora y el  Sr. Héctor Durante, a quienes les  tenía mucho cariño.
Una excelente persona, que a sus años conserva una maravillosa memoria, y que se sintió feliz  y alagada por  esta nota. ¡Gracias a vos, Margarita, por todos tus años de dedicación y amor!

Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani
Colaboraron en este artículo:
Sra.Rosita Yusti.(con su memoria)
Srta. Graciela Raffo: fotografías

LAS CASUARINAS DE LA PLAZA BELGRANO.






Hace muchos años, la plaza Belgrano  era un  monte de casuarinas. Allí   jugaron, inventando  luchas de  bandidos contra  justicieros los niños del barrio.
Los entrenamientos  de futbol de los jugadores del Club Belgrano se practicaban entre sus  troncos rugosos.
En el centro  había un monolito (de Obras Sanitarias) donde los más pequeños  vagos calaban zapallos  y los iluminaban con velas. (Nada se sabía de Hallowen, pero ellos se divertían asustando a los desprevenidos y circunstanciales ciudadanos que circulaban cruzando la plaza y se encontraban “de golpe” con la  máscara)
No había alumbrado. En las calles y solamente en las esquinas, se balanceaban los platos de chapa que hacían de lámparas,  con lucecitas mortecinas y amarillas.
Después del  alambrado había una pequeña vereda de tierra que terminaba en un cordón de ladrillos de canto. Por allí jugaban en bicicleta los más chicos. Esta veredita  se encontraba  elevada sobre la calle  de  tierra o barro, según las circunstancias.

LOS VECINOS 
Familia Pelorosso con Doña Crispina y sus hijos Domingo, Raúl, Horacio, Roberto  y Héctor,  sobre Mozotegui y Brandsen. En un principio  allí se instaló el Club Belgrano que después se trasladó a  Lara casi Acuña (casa Fantino) y se creó el Almacén El Indio Rubio, de rubros generales que abastecía a gran cantidad de vecinos, en un camionetita y con un  triciclo que tenía un gran canasto.
Familia de María Genaro y sus hijos, Pedro y Ada.
Familia Martínez, La mamá era modista, la  Sra. Lucha y sus hijos, Nibo y Mimí, y al lado, la tía que cosía también, Delia Betelu.
María Varela y su esposo, Del Rio.
En la otra calle, Roquelina Tula y Elsa. Al final de la cuadra,   La Sra. Blanca Duró, primera fotógrafa mujer de Cañuelas.
Ya dando la vuelta, sobre la calle Florida, la familia Marchioni. El solar del turco Ale con un portón verde sobre el que caía una enorme planta de tuna y la familia Arrieta.
Sobre Brandsen, los vecinos que vivían por allí, eran: la familia Báez,  y la familia López. Ésta,  compuesta por Doña Sara, Don Cotto y sus hijos: Chichilo, Aldo, Negra, Roberto, Marta, “La Chiche”, Matilde, Nélida, Oscar,  Juan e Ismael.
La  Familia Fernández. La  familia Bozza con sus hijos, Adolfo, Susana y Estela.

LAS TRAVESURAS
La calle Lara era el paso obligado de los trabajadores de las quintas de verduras que  asistían al Cine Cañuelas los sábados por la noche. Como iban en bicicleta, de regreso a su casa, alrededor de las  doce de la noche corrían carreras hasta la salida del pueblo.
Algunos niños colocaban alambre desde las casuarinas hasta la vereda de enfrente dando abruptamente por terminadas dichas  carreras. (Con traumatismos varios y encomendando a las madres de los niños al peor lugar).
El  predio se encontraba cercado por un alambre olímpico y cuatro tranqueras en las esquinas. Este alambre fue donado a una sociedad de fomento  en el momento que se determinó   sacar  las plantas  definitivamente.
Otras de las historias que nos cuentan los  mayores de esa época era la leyenda donde  aparecía “el chancho”.
En medio de la oscuridad,  ante cualquier señora o señorita que  se animara a cruzar, un ruido de cadenas se acercaba a gran velocidad y si podía, un señor muy avivado intentaba abrazarlas o robarles un beso.
Los circos que se asentaban  entre las calles Libertad, Mozotegui, Rivadavia y A. Argentina hacían las presentaciones de los artistas que caminaban en la cuerda floja  con un cable entre las altísimas plantas.

LAS MOTOSIERRAS
Las casuarinas  fueron  cortadas por motosierras que lastimaron los oídos de los  vecinos durante una semana.
Durante casi tres meses, una cuadrilla de obreros hurgó  en las enormes raíces dejando  al descubierto cadáveres de madera señalando al cielo.
La humedad de las casas vecinas se fue yendo, despacio. Los pájaros se quedaron sin nidos.
El silbido del viento que giraba entre los árboles estremeciendo las noches de tormenta  cesó su  aullido.
El silencio  fue total.
De a poco,  la tierra socavada, herida, desmalezada,  se fue aplanando, se llenó de sol, se transformó en plaza.

EL RENACER
Sin embargo, la naturaleza testaruda, tenaz, caprichosa, sembró pequeñas piñas en  cada manzana que rodea al  terreno domesticado. Casuarinas erguidas, salvajes, se yerguen al cielo ofreciendo  al viento sus ramas, ocultas en los fondos de los terrenos.


Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani

Jugueterías, niños y juegos




En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.
Pablo Neruda

Las jugueterías han sido y son el objeto de deseo más codiciado  de los chicos. Y también el lugar adonde los padres temen llevarlos porque los pequeños piden y piden y piden. Y duele no comprarles lo que desean.
Vamos a recordar  en este artículo, las jugueterías que han acompañado el crecimiento de por lo menos,  dos generaciones.
Casa Gervasoni, estuvo atendida por las tres hermanas, en Avenida Libertad, casi esquina Vélez Sarsfield, y después por María Elena. Su fachada sigue siendo la misma,  persianas al frente y dos mármoles blancos tallados con las palabras “librería“ y “juguetería”.
Allí se podía adquirir los billetes de lotería  (de muy pequeño tamaño) y pesos fuertes. Tabaco en lata o paquetes, cigarros de hoja y habanos de muy buena calidad. Si se deseaba cortarlos por la mitad, había un aparatito plateado (como para sacar punta al lápiz) que los dividía.
La juguetería era muy completa. Desde aquel jueguito de limpieza (escoba, cepillo y secador) revólver de lata a cebita de papel, pelota de goma, balero, yo yo, los mil ladrillos  de goma,  después de plástico, juegos de mente y ciencia, muñecas Rayito de Sol. Rompecabezas,  y papel de todos los colores para barriletes. De allí salían completos con el piolín choricero  para fabricar  las cometas, cajón o estrella con las largas colas de trapito que regalaban  las abuelas.
La Casa Brignani, en Libertad entre San Martín y Belgrano (donde hoy esta el Banco Río) atendida por Don Víctor  y Doña Rosa y el Sr. Casani y su esposa, se iniciaron con un pequeño local que luego fue una galería, con la juguetería al centro y los locales de cigarrería - lotería  y  de lencería al frente (Cenena y Adelita).
Para la fecha de los Reyes Magos, la vereda era una fiesta. Don Melenique  ofreciendo billetes, los  juguetes engalanando la calle.
Adentro, unas vitrinas  o exhibidores  de vidrio y madera con  cerraduras y candaditos donde se exponían concursos navideños, fotos, dibujos, utensillos de otras épocas, recuerdos,  en fin, un paseo obligado para  observar  esa exposición.
Casa Carriola. Un poquito apenas más moderna estaba  ubicada en la calle Rivadavia, con piso de pinotea y un pequeño mostrador. Allí la inefable Nelly y su mamá, atendían  con sus impecables mantillones de lana en invierno, su sonrisa detrás de los redondos lentes de carey y sus cabellos plateados, recogidos en rodete.
Fue el  primer lugar donde se vendieron  juguetes didácticos y  libros de cuentos.  Había también  increíbles muñecas (entre ellas la famosísima Linda Miranda), juegos de té, de mesa, baterías de cocina, Rastri, Mil ladrillos y el Mecano. También el antiguo “surubí” que era una montañita en caracol  por la cual  había que subir una pequeña bolita de acero a pulso y habilidad. Una empleada que comenzó muy  jovencita a trabajar allí, con modales muy dulces era la señorita Cristina.
Casa Della Corte. En la calle Del Carmen, casi esquina Rivadavia. Un lugar sumamente amplio, con un sótano al que se bajaba por una escalera de hierro. Un  lugar donde  parecía que vivían las muñecas. De todo tamaño, desde la Marilú hasta la Rayito de Sol, pasando por las de cabeza de yeso y cuerpo relleno de semillas o  aserrín, las “patas largas” o los bebotes. Cunitas, cochecitos, lanchas, peluches, juegos de mesa, baterías de cocina e infinidad de juguetes para todas las edades.
Compartía el lugar un sector de finas telas para cortina  o mantelería. Galones, canutillos  y lentejuelas, accesorios y una  colección de bicicletas de primeras marcas.

Casa Remo. Era una bicicletería que estaba en la calle Libertad 974. Además de bicicletas de todo rodado exhibía unos fantásticos carritos  tirados por caballitos forrados de piel marrón, triciclos de tres ruedas angostas con goma y rayos,  con grandes timbres. Las sillitas de a dos que se balanceaban y los  maravillosos karting de chapa. Además en ese local  una vieja bici se transformaba en una nueva con algún toque de pintura, pedales nuevos, cintas para el manubrio, porta manubrios negros, luces “ojos de gato” o la luz conectada al piñón,  y las redonditas bolillas huecas que daban vueltas en los rayos, para limpiarlos de barro.
Hubo muchos otros lugares comerciales donde se vendían  juguetes y rodados, Casa Campitos, Mueblería de la familia Carrizo, bicicletería de Cartasegna, bicicletería de Carlitos Domínguez, el negocio de la familia Pauloski  en Libertad y Florida, que además tenían mueblería y mimbrería. Desde allí  partía el Sr. Calismonti con un carro lleno de cestos y silloncitos de mimbre con asiento de corcho para los más chicos.
Y muchos otros.


Las muñecas en general eran costosas. Y al igual que las de plástico, lo primero que se rompía era el mecanismo de los ojos. ¡Cuánta muñeca ciega daba vueltas y vueltas por la casa! Por eso  después aparecieron las de ojos electrizadamente azules, fijos, pintados y siempre abiertos.
Don Juan  Floriani, que era mecánico dental, con los delicados instrumentos las reparaba y dejaba otra vez  los  hermosos ojos en movimiento.


Figuritas con brillantina gruesa: hadas y princesas. Se escondían en un libro en distintas hojas y se apostaba por otra. Si al abrir  en la hoja estaba de cara, se ganaba la figurita. Si era ceca, ganaba la dueña del libro. Grandes discusiones si se apostaba una grande y se ganaba una pequeña.
Figuritas redondas: tapadita, espejito y puchero (revolearlas contra la pared)
Bolitas: hoyo, la lecherita, acerito, minguito, japonesas, bolón. ¿Las más antiguas? De masilla.
Trompo: de madera barnizada, piolín y habilidad. El último en caer ganaba.
La payana: barato y divertido. El balero, de madera. Honda o gomera. Tiki taka. Diábolo. El elástico. La moda del yo yo con los concursos de Coca Cola. Los primeros de madera, después  plástico, con luces, musicales.


Los disfraces: el zorro con cualquier espada,  antifaz y  capa. El  policía, con revólver a cebita o escopeta de madera (casera o con corchito)
El convoy: sombrero, palo para el caballo y muchos gritos y  revolcadas por el pasto.
Las nenas: a la visita, con té y galletitas. A la mamá  con polleras prestadas y muñecos arropados. Y a las princesas, con toda la bijuteri prestada de las abuelas, (que a veces eran perlas de verdad),  un solo aro (pero tal vez de plata) o anillos sin brillante. Infaltable: zapatos con tacones.


Instrumentos musicales. Los pequeños Luthiers
Castañuelas: las maestras se las veían difícil para enseñar a usarlas. Maracas: mate calabaza con semillas  y palo de escoba para manguito. Triángulo casero  y pandereta de alambre con tapitas de cerveza. Y el nunca bien ponderado TOC TOC


Por el año 1940 en nuestro país se fabricaba la muñeca más codiciada de la niñez. Se llamaba Marilú. En Capital se podía comprar ropa para niñas y se les regalaba a las madres un molde cortado  con  la misma tela para que le hiciera un vestido igual a la  muñeca. Tenían pelo  artificial o natural. Hoy es una pieza de colección  en todo el mundo
También  había muñecas  de altísimo valor importadas de Alemania, Francia e Inglaterra. Tenían cara de porcelana y llevaban la marca del fabricante en la nuca.
Anita Pfannkuche
Maria Emilia Floriani

Objetos en desuso, profesiones olvidadas.








Ser el primer y único destinatario de un teléfono, de un par de zapatillas, parece algo muy común en nuestros días. Es la cultura del “necesito y compro”.Luego de consumirlo (o gastarlo con el uso) se tira. En el mejor de los casos, por ahí, se puede dar a un hermano menor  o  canjearlo o revenderlo para comprar otro. Definitivamente, es el tiempo de descartar lo que ya no nos sirve.
Y no es porque no nos cueste comprarlo, o porque las cosas valgan poco. Es como se vive ahora.
La otra costumbre, la de usar y reusar los objetos para estirar su vida útil es cosa del pasado, pero de un pasado muy cercano: la historia de  cuando nuestros abuelos eran jóvenes.
Veamos algunas:
Lapiceras estilográficas: tenían un tanquecito de goma que al apretarlo generaba  vacío y al soltarlo se cargaba de tinta. ¿Con qué escribía? Con una pluma de acero. Si la tinta estaba seca, se sacudía como el termómetro… y el piso, guardapolvo y carpetas se llenaba de puntitos azules.
La caja de jeringas y agujas  que se utilizaban antes de las descartables, venían en una caja de acero que se hacía hervir en la hornalla de la cocina para esterilizarlas. Siempre, con los dedos ya habituados, se apartaba rápidamente cuando comenzaba a bullir el agua.
Botellas de ginebra de barro o cerámica. Sumamente apreciadas por toda la familia. Se utilizaban para calentar los pies. (Con agua caliente y un buen corcho, por supuesto)
El sol de noche, quinqué o farol a querosén. Unos a mecha sumergida en combustible con tulipa de vidrio, otros con camisa de red, y el tanquecito de querosén  al que se le daba presión.
 El esténcil. Una bandeja  con tinta pegajosa, una hoja  escrita a máquina (sin la cinta para que  perforara cada tipo el papel)  y un rodillo. Con éste, impregnado se pasaban y repasaban las hojas  para sacar copias. Gastado el original, se volvía a escribir. Las manos de las porteras, los alumnos de  último grado, los  auxiliares de oficina y  de otros usuarios debían lavarse con un jabón azul, duro y resistente para sacar las manchas.
El destejer  viejos pulóveres mirando las novelas de la tarde. “El amor tiene cara de mujer”, “Rosa de lejos”, “Cuatro hombres para Eva”. No sea que los hombres le dijeran a las señoras que estaban perdiendo el tiempo mirando novelas. (El tejido, buena excusa para el tiempo libre. El resultado; horribles prendas que combinaban los colores más insólitos y las lanas más raras)
A veces, por supuesto. En otros casos, verdaderas artesanías.
Las Balanzas.
Las había con pesas de todos tamaños. Se llamaban de pesos iguales. De un lado la compra, del otro  el pesaje.
La de aguja o fiel, marcaba  hasta dos o tres kilos. A partir de ahí se le agregaban al costado las pesitas, pero de colgar.
El diariero. Era la persona que llegaba a domicilio con el nuevo número del Billiken, Radiolandia, El Gráfico   o Life en español.
El Sr. López, en bicicleta, el Sr. Mozotegui  en una jardinera, El Sr. Dàmico en un triciclo de tres ruedas con lona para cuidar su mercadería, y Don Castellani en su bicicleta.
Estos dos vecinos de Cañuelas también vendían en los trenes, ya que eran ferroviarios. Uno, en los trenes de larga distancia, con su gorra gris de guarda y el otro, en los trenes a Ezeiza. No importaba la inclemencia del tiempo, siempre estaban con su amabilidad  llegando a cada cliente. Sin televisión y sin noticieros, la lectura del diario matutino era un lujo y una necesidad en cada oficina y en  algunos domicilios.
El heladero de las siestas. Si, ése que gritaba heladeroooo justo cuando el sueño nos vencía. El primero fue el Sr. Angelini con un petiso y un carrito de madera con dibujos fileteados. Llevaba cajones con hielo para mantener los helados.
Después, otro vendía con una conservadora  y otro (más moderno) había adosado una heladera con ruedas a su bici.
Otro que quedó en el olvido: el reparador de sillas de mimbre y de paja. Esas petisitas llamadas materas, las mecedoras  y las de cocina. Apenas quedan algunos artesanos que realizan esas tareas. Antes era el Sr. Zomba y  el Sr. Agüero.
Ya hemos nombrado en otras publicaciones los lecheros, los panaderos, los repartidores de mercaderías de los grandes almacenes (El Indio Rubio, Casa Martínez, Casa Mendigochea, Causit, La Cooperativa, Casa Fantino, entre otras)
El querosenero. Con su carrito, sus tanques  con canilla o con la bombita de vacío que tosía  el combustible  a nuestros bidones o damajuanas. Algunos con sus carritos tirados a caballo, otro con el tanquecito azul de YPF que estuvo mucho tiempo olvidado en el campo de Cimadevilla. Quienes nos proveían de tan preciado elemento: Señores Abba, Bustos, Palé, entre otros.
El señor que cosía las pelotas de cuero: el vecino Garello en la calle  San Vicente. En casa Remo. El Sr. Giannitti que le sacaba la cámara y con una paciencia infinita la daba vuelta y la cosía por dentro, muy despacio. Hasta hace poco, esa tarea la hacía el Sr. Domínguez.
Las lavanderas y planchadoras. Con batea, tabla de madera, cepillo. El pancito de azul para la ropa blanca, el almidón Colman. El  pan de jabón Federal y  Guereño. Los primeros jabones en polvo fueron el Azul, y el Rinso en  cajas de cartón. Las planchas: de carbón  y de nafta, con el tanquecito adosado.
Quienes  planchaban los delantales con infinitas tablitas  (casi un plisado) los manteles  de hilo bordados, las sábanas blancas con  apliques y bordados, y los impecables pantalones de hombre (¡con una sola raya! decían las abuelas) eran las familias Lencina  y Ainciondo.
Las señoras que levantaban los puntos de medias. Antes de las  medias microtul de Britalco se usaban otras muy delicadas y caras, con costura detrás. Cuando se “corría un punto”  había que llevárselas a las Señoras Lala, Margarita, Sras. Pullol, Sras. Luciague y Lugea.
Los afiladores: los que recordamos son el Sr. Pepe en la calle San Martín y el Sr. Beto Etcheverry en la calle Libertad al 50
Ahí se afilaban tijeras, guadañas, podadoras, escardillo, cuchillos, cuchillas de faena…
Con una gran piedra redonda, con pie de madera, polea   y pedal. De tanto en tanto tocar con la yema  el dedo el filo, para comprobar si el trabajo iba parejo, el recipiente con agua para enfriar el metal al salir de la piedra y un poquito de grasa para pasarle al final del trabajo. La recomendación: nunca lavar los utensillos con agua caliente.
Anita Pfannkuche
María Emilia Floriani

Muchas gracias a la Confitería de la Terminal de Olavarría  (del Sr. Horacio Clavero) que  tiene en su  ámbito una hermosísima colección de objetos digna de visitar, y  que nos han facilitado las fotografías que acompañan a esta nota. Muchas gracias a: Daniela, Silvina, Sandra, Yanina y Mónica.

Una historia de ciencia ficción: de las clavijas al celular








Si le contamos a alguien que  hemos conocido los teléfonos de “caja” o de pared, podemos estar suicidando nuestra bien guardada fecha de nacimiento.
Pero, hasta hace poco, los hemos visto en museos o casas antiguas. Una manija que girabas, y el emisor te comunicaba con La Unión Telefónica.
Allí, una operadora manipulaba unas clavijas sobre el numero que habías pedido, que te solicitaba amablemente “repita el número por favor” y cerraba el circuito conectándote con otro habitante de Cañuelas. Pero cuidado: sólo había  números desde el doble cero hasta el novecientos noventa y nueve.
Si, tres cifras: el Molino, por ejemplo, tenía el cero, cero dos.
¿Si el operador podía escuchar la conversación entre dos  personas? Por supuesto, pero no lo hacía. Sin embargo, si nacía  o fallecía alguien en el pueblo, todo el mundo se enteraba al instante.
También es cierto que muchas veces los operadores colaboraban ante situaciones difíciles, ayudando o conteniendo a vecinos que llamaban por urgencias y la desesperación no les permitía perder tiempo en el teléfono.
Algunas de las chicas que trabajaron tantísimos años en la Unión Telefónica primero, en Entel después y finalmente en Telefónica de Argentina tienen muchas cosas para rememorar,  alegres y tristes. Pero sobre todo, el gran recuerdo de haber sido una gran familia.
Con broncas, discusiones y amores, como en todas las familias grandes.
La oficina de teléfonos como la llamaban, estaba ubicada por el año 1955 en la calle Lara y San Martín, al lado del “conventillo”
El piso era de pinotea, con una sola cabina de madera con puerta plegadiza.
Los horarios comenzaban de siete a catorce y de trece treinta a veinte para las mujeres.
A veces, cuando los jefes no estaban, tal como bailan los ratoncitos cuando el gato descansa…. alguna travesura hacían. Por ejemplo, pedir comida y también ¡cocinar! Y quien era una gran cocinera era Celina Donadío (que no se sepa)
Verdaderamente, grandes compañeros de trabajo.
Por la noche trabajaban los operadores varones. Algunos de ellos eran: Eduardo Recalt, Jorge Frescino, Juan Guerrero, Grillo Gandolfi, Pedro Recalt, Sr. Sosa, Fito Peralta, Néstor Gioyosa, También estaban los guarda hilos (Loreto Evangelista y Miguel Martins). Algunos de ellos aún cuidan de nuestras líneas y son: Ricardo Alesini, Roberto Chiclana, Juan Rodríguez. Quien reparaba los teléfonos: Rubito Rodríguez.
Entre las mujeres recordamos a Gloria Pérez, Elina Etchechury, Rosita Alcoba, Marta Palomeque de Cabrera, Celina Bonavita, Julia Godoy, Teresita García, Perica Godoy, Potota Alcoba, Tita Godoy, Tina Taverna, Pocha Candermo. (Las demás chicas las mostramos en fotos).
El teléfono está considerado uno de los inventos que más ha evolucionado en muy corto tiempo. Si a los abuelos nacidos el siglo pasado le hubiéramos contado que  iban a poder sacar fotos y filmar desde ese aparatito al que giraban un manivela para que un persona insertara una clavija y una tercera pudiera escucharlo… se hubieran burlado  seguramente de nuestras facultades mentales. Mucha ciencia ficción, dirían.
Ciencia ficción, como ahora: una señal con ceros y unos (que no se ve) vuela alto, alto hasta otro aparatito fuera de la tierra y vuelve (tampoco se ve) y nosotros hablamos con, y vemos  a….  casi todo el planeta.

María Emilia Floriani
Anita Pfannkuche



Foto 1: Inauguración de Telefónica de Argentina
Alberto Canga, Delfa Caracoche, Padre Ricci, Dr. Herrera.

Foto 2: Jefe Martínez, Aurora Marinoni, Carlos Cano, Tita Urruti, Tito Bonavita, Irma Caracoche Mabel Pelorosso, Eva Gandolfi, Blanca García, Negrita Mirabelli, entre otros.

Foto 3
Elia Etchechuri de Rodríguez, Potota, Alicia Ivroud, Elena Loray, entre clavijas.

Foto 4
Las centralitas. Operando: Cristina Cuello, Potota Rondan, Bety, Tita Urruti, Elena Loray